Los de la tierra ‘colorá’

Coviñas

Barrio Arroyo toma su nombre de una antigua casa de labor que perteneció en su día a la familia Arroyo Peralta. Y ocupando hoy la era del Tío Julio: la Cooperativa Agrícola del Niño Jesús. Fundada en 1965 por sus vecinos.

Qué duda cabe de que se necesitan de puntos cardinales para vivir. De hitos que ayuden a orientarse en la vida. En la Plana Utiel-Requena hay muchos. Tantos como aldeas. De ahí que sea un paisaje hecho de paisajes. Un mosaico que tiene un mar de viñas sólidamente arraigadas a una tierra que cambia de color según el cielo que le mire. En efecto. Si la lluvia resbala por algunas de sus onduladas mejillas se ruboriza en extremo. Una timidez a la vista justo donde hoy se encuentra el viajero. En Barrio Arroyo. Una aldea situada entre las de San Juan y Roma, a poco más de un kilómetro de San Antonio, de la que le separa el río Magro. No en vano, a sus vecinos se les llama los de la tierra colorá.

Ahora bien, para saber vivir, y para saber morir también, se necesitan de las huellas de aquellos que nos precedieron. Hablamos del rastro que deja la memoria. Una herramienta imprescindible para interpretar el mundo que nos rodea.

Leandro Arenas Domínguez nació en 1928. Bajo el reinado de Alfonso XIII. Quedaban todavía cuatro años para el advenimiento de la II República. Mientras camina, Leandro apoya su vejez en un andador provisto de un asiento para cuando las fuerzas flaqueen. Se detiene a medio camino entre la Cooperativa Agrícola del Niño Jesús y Villa Encarnación. Al borde de un campo de viñas casi centenarias. Seguramente son de su misma quinta, interroga el viajero. Asiente. Tenía 11 años cuando se excavaron los primeros hoyos.

El socio nº 1

A Leandro se le conoce como el sabio poeta de Barrio Arroyo. Su fecunda memoria brota como un manantial oscureciendo la tierra de recuerdos. Recuerdos que se remontan al año de la fundación de la cooperativa. A 1965. Habla pausado sobre lo mucho que costó avalar los cinco millones de pesetas que supuso levantarla. Que hubo que hacer socias también a las mujeres porque no se llegaba al suficiente líquido imponible. Una práctica no habitual en la época. En juego estaba la propia supervivencia de la aldea. Al fin y al cabo, el hito que daba sentido a los por entonces más de doscientos vecinos de Barrio Arroyo. Hoy apenas superan los 40. Tres familias mal contadas, aunque en verano quintuplica su población.

Le acompañan en este paseo vespertino su hijo Miguel Ángel; el presidente de la cooperativa, Jorge Hernández Valle; y Felipe Argudo, otro de los socios más antiguos. Y poeta también como Leandro. Por lo visto, es un fenómeno este muy extendido en la localidad, porque el abuelo del presidente también ejerció como tal. Será efecto del aire libre que baja del paraje de La Pinada o del agua de la Fuente de la Teja. O de ambas cosas. Vete tú a saber. O de que en realidad todos llevamos un poeta dentro. Solo es cuestión de sacarlo a pasear los días que tienen una tersura de aire fresco. Como en este día de primavera en que nos encontramos.

Leandro vuelve a echar mano de la memoria. Intenta recomponer unos versos de un poema. Desiste. Sin embargo, mientras intenta rescatarlo del pozo del olvido, recuerda aquel espigado pino del Alto de la Atalayuela. Que podía verse desde el otro lado de la depresión del río Cabriel. Un pino que fue perdiendo cimales en cada temporal de nieve padecido. Como si el cielo estuviera deshojando su particular margarita. ¿Me quiere o no me quiere? La fuerte nevada de febrero del año pasado le desposeyó del último. Dicen que cuando los dedos del viento atraviesan la espesura de La Pinada se escucha la respuesta susurrada. Al viajero no le cabe la menor duda: sí le quiere. Siempre le quiso.

El baluarte

Hoy la supervivencia de Barrio Arroyo está asegurada. A pesar del mal de la despoblación. La cooperativa es su baluarte. Se han llevado a cabo importantes ampliaciones como la instalación de nuevos depósitos autovaciantes que supondrán un aumento sensible de la producción y calidad del vino. El listón son los seis millones de kilos entre las variedades Bobal, Tempranillo, Syrah, Merlot, Tardana y Cabernet. Además, añade el presidente, Jorge Hernández, en un futuro se elaborará base de cava. El 25% de su producción es embotellada por el Grupo Coviñas.

Leandro se disculpa. Debe recogerse porque ya se aprecian los morados últimos de la tarde. Además, la comitiva debe visitar aún la antigua bodega de la Finca Alacreu y el monumento a La Peseta, que le han asegurado al viajero, es único en su género en Europa y en todo el mundo. La bodega conserva todas las palabras que ha venido escuchando de un tiempo a esta parte: trullos, prensas, parihuelas, espuertas. Las tiene delante. Al alcance de la mano. Quizá poner en valor este legado podría convertirla en un polo de atracción de entusiastas enoturistas. Que haberlos haylos. Y por qué no, de paso, visitar uno de los monumentos más inverosímiles con los que se haya topado viajero alguno. Justo al lado está el Centro Cultural Atalayuela donde poder tomarse un vino Enterizo. No lo duden.

Solo resta una cosa del programa. Jorge Hernández es un enamorado de su aldea. De ahí que guíe al viajero hasta el Parque de los Trilladores. Desde donde se disfruta de una bella panorámica. Un mundo al alcance de una vuelta de horizonte. Campo Arcís, Los Duques, la depresión del río Cabriel, Utiel, San Juan, la Finca La Manchuela, San Antonio, El Derramador, Roma y Requena. Sobre sus sombras alargadas que marcan como un estilo las horas postreras el viajero no puede acabar la visita sin mudar él también en rapsoda. Recitando…

Despojada de toda tu belleza / sin hojas ni racimos tus sarmientos / te han dejado, al invierno y a los vientos, / al poco de llevarse tu riqueza.

Pero todo en tu ciclo no es tristeza, / de fuerza y de vigor tienes momentos / que te llenan de orgullo y de contentos / exaltando tan íntima grandeza.

Ocurre igual, y es cosa ya manida, / al hombre que a su acción a ti remeda, / ofreciendo los frutos de su vida / con su amor, cariño y buen talante; / al final, como a ti, también le queda, / el triste y frío invierno por delante.

 

Soneto A la vid después de la vendimia de Felipe Argudo. Publicado en la revista “El trullo” en agosto de 1996.

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