San Roque… de Villargordo del Cabriel

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La Cooperativa Vinícola San Roque es la más alejada de Requena. Casi en la frontera de dos denominaciones de origen; ribereñas de un mismo río, en breve universal con su Declaración de Reserva de la Biosfera.

Texto: Rubén López Morán Fotografía: Fernando Murad Vídeo: Vicente Loop
Llegamos al extremo oeste del altiplano de Utiel-Requena. Entre vides y vidas toca a su fin. Nos ha llevado un año conocer en primera persona las diez cooperativas que conforman el porqué del Grupo COVIÑAS. Estamos en Villargordo del Cabriel. Estacionamos el vehículo en la plaza de la Fuente. Corona su peana la mocita de la vendimia, como gusta llamarla José Luis Guaita Vargas, presidente de la cooperativa. Junto con él, atravesamos a pie la antigua Nacional-III. Confiados. Prácticamente sin mirar porque apenas tiene tráfico desde la apertura, a finales del siglo pasado, del tramo Minglanilla-Caudete de las Fuentes de la A-3. Nos esperan en el Bar Los Ángeles los socios más longevos de una cooperativa que fue fundada un 15 de octubre de 1949. A punto entonces de cumplir 70 años de existencia. Toda una vida.

Vidas y vides
De sus vidas y sus vides se van a extender largo y tendido unos hombres que responden a los nombres de pila de Félix, Víctor, Enrique y José. En edades comprendidas entre los 85 y 79 años. Compartiendo todos ellos el primer apellido: Guaita. Ante tamaña coincidencia, el presidente se apresura en aclarar que Villargordo sufrió una epidemia en los siglos XIII o XIV, que se llevó por delante a medio censo, por lo que tuvo que ser repoblado con gentes llegadas de una zona de Aragón donde abundaba este apellido. De ahí provienen entonces sus antepasados, excepto los del contable de la cooperativa, José Antonio Valle Alegre, si nos atenemos a sus apellidos.

               

Félix, Víctor, Enrique y José Guaita, socios Cooperativa.

Una vida que se intuye tras estrechar unas manos frías y rugosas, como las de Félix Guaita. Que acaba de llegar del campo enfundado en un mono de mecánico azul. Tenían entre diez y quince años cuando sus padres fundaron la cooperativa. Y no han dejado de trabajar desde entonces. Siendo niños, ayudando a la familia en los labores del campo; siendo hombres, con el macho primero y con el tractor después; y ahora mayores, continúan podando, por ejemplo. Tal vez su longevidad tenga que ver con jornadas laborales desde el alba hasta la puesta de sol. Tal vez. Aun así, se han ganado un merecido descanso. Y una jubilación digna. Pero ni por esas. Porque ni cobran lo que deberían tras tantos años ganándose el pan con el sudor de su frente; ni el natural y necesario relevo generacional les permite descansar tranquilos. Porque no existe. Todos coinciden en que éste será el gran reto al que se enfrentará la viticultura en el futuro: la falta de brazos para trabajar la tierra.

La España vaciada
En la actualidad Villargordo del Cabriel roza los 400 habitantes. Y se puede dar con un canto en los dientes. Bien es cierto que los fines de semana y, sobre todo, en Pascua y verano, triplica su población. No en vano, el pueblo cuenta con dos bares, colegio, médico, ayuntamiento y dos panaderías. Y por supuesto, con la Cooperativa Vinícola San Roque. El pueblo todavía conserva, pegado al número 34 de la calle Carretera, el antiguo abrevadero donde paraban las caballerías de camino hacia Madrid o Valencia. Justo delante se han parado todos los Guaita para la foto de rigor. La que pasará a la posteridad. Para que sus recuerdos, en cierto modo, no caigan en el olvido. Recuerdos que les llevan, si les tiras de la lengua, a las meriendas pascueras en el Cerro de la Cabeza; a las huertas de Fuencaliente, hoy sepultadas bajo las aguas del pantano de Contreras, desde donde se traían la fruta y la verdura que se vendía en la plaza de la Fuente; o aquellos tiempos donde Villagordo era un hervidero de obreros llegados de todos los rincones de España para levantar la presa que anegó el valle del Cabriel. Había cine, baile, la carretera se llenó de bares… Pero aquello se terminó marchando.

Así es el progreso; esa gran rueda que mueve la historia y que siempre gira hacia delante sin ocuparse de los damnificados que deja en los márgenes. Gente sencilla, campesinos, héroes de carne y hueso. Pero esa es otra historia. Aunque más tarde ese mismo progreso trajo la Autovía del Este y el AVE. Años en que Villargordo vivió otro repunte demográfico, recuerda José Luis. En la actualidad, sin embargo, el destino ya no pasa por la antigua Nacional-III. No hace falta mirar a la izquierda y la derecha para darse cuenta. Aun así, en el pueblo han abierto un hotel rural y restaurante: RaïmBlanc. Un establecimiento bien situado para hacer noche y visitar el Parque Natural de las Hoces del Cabriel –en el municipio hay tres casas rurales y un camping (www.villargordodelcabriel.es ). Descubrirán un paisaje insólito. Y no lo decimos nosotros, lo va a decir su Declaración de Reserva de la Biosfera.

Caudal de emociones
Además, Villargordo del Cabriel cuenta con otros reclamos turísticos, y no lo decimos nosotros tampoco, sino un tótem emplazado a la entrada del pueblo; a saber: la Torre de telegrafía óptica; las trincheras, escenario de varias acciones bélicas como la Guerra de la Independencia o contra el Francés; y un mirador, el de Peñas Blancas, desde donde se disfruta de una de las panorámicas más espectaculares de nuestra geografía doméstica, ofreciendo a vista de pájaro la obra de arte eternamente inacabada de los Cuchillos del Cabriel.

Todo esto a menos de 10 kilómetros a la redonda. Un término compuesto por un mosaico de viñas, olivos y almendros, salpicado de bosques de encinas, pino carrasco y matorral mediterráneo. En la actualidad, hasta el 50% del término está ocupado por cepas de bobal, cencibel o tempranillo; y de un tiempo acá, de garnacha y macabeo. La cooperativa domina una extensión de un millar de hectáreas, repartidas entre los 122 socios que aportan uva. En kilos contantes y sonantes: entre 8 y 7 millones. Palabras mayores. Convirtiéndola en una de las cooperativas que más tributa al Grupo COVIÑAS.

Una producción que ha llevado a la junta rectora a acometer en los últimos años sucesivas ampliaciones y mejoras tecnológicas de envergadura. La última ha implicado una inversión de medio millón de euros que ha traído un equipo de Fox, una prensa neumática y un filtro de lías. Una actuación que pone bien a las claras cuál es el camino que se ha propuesto la Cooperativa Vinícola San Roque: el de la calidad. No hay otro camino para ganarle una mano a ese destino que pasa rápido por la A-3. Se puede ver desde el cimal más alto de los depósitos de almacenamiento. Como se puede ver también un paisaje de profundas raíces, de tradiciones, de vidas y vides. Como la vida de Ricardo Guaita, hijo de Félix Guaita –el del mono de mecánico azul-, quien se encarga de que la bodega vaya como la seda. No todo está perdido. Hasta siempre.

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