ROMA

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La Cooperativa Viticultores de la Vega apenas tiene 5 años de vida. Surgida de la necesidad y la fusión de las de San Miguel, del Derramador, y de “la romana” Nuestra Señora de la Asunción. Hoy es todo un ejemplo de futuro y crecimiento.

Texto: Rubén López Morán Fotografía y Vídeo: Fernando Murad y Vicent Loop

Sin duda es el nombre más evocador de las pedanías del municipio de Requena. No solo porque todos los caminos conducen a ella; incluso aquí, en el corazón de la vega del río Magro, sino porque desde un pequeño altozano conocido entre “los romanos” como partida del Cura, se divisa gran parte del horizonte que conforma el Altiplano de Utiel-Requena. A veces uno se pregunta por la importancia de conservar las raíces. ¿Por qué algunas personas se mantienen fieles a la tierra que pisan desde que eran niños? A pesar de que a veces la misma tierra se muestre insensible a sus cuitas, porque la tierra como el cielo, no se casa con nadie. Ni siquiera con quien la trabaja con profundo respeto. Durante todo el invierno no ha caído ni una gota de agua, dice Antonio Cervera Armero, presidente de la Cooperativa Viticultores de la Vega. Al campo se le va notando la sed.   

Antonio Cervera Armero, presidente de la Cooperativa Viticultores de la Vega.
Antonio Cervera Armero, presidente de la Cooperativa Viticultores de la Vega.

A principios de marzo la viña empieza a salir de su sueño invernal. Esto es, a mover o llorar la savia desde la raíz hasta la punta de los sarmientos. Un despertar que se achucha con la poda, dejándole un número determinado de pulgares para que la planta se concentre en las yemas o brotes que vestirán de verdes pámpanos sus fibrosas anatomías en primavera. Una lección práctica que nos da, tijera en mano, un “romano”, hijo de la vega, José Manuel Nuévalos Herráez. Además de advertirnos que la tierra que pisamos se llama el rubial. Una tierra compuesta mayormente de arcillas y sin rastro de piedra. Tierra de aluvión que cuesta mucho de trabajar si no llueve una pizca, porque se endurece y apelmaza. Unos terrones que antaño costaba Dios y ayuda romper, aunque ahora con la fuerza mecánica es otra cosa. Si el macho tenía un buen tranco, recuerda, podías labrar en una jornada entre 600 y 700 cepas. Hoy, con el tractor, media finca.

José Manuel Nuévalos Herráez, socio Cooperativa Viticultores de la Vega.
José Manuel Nuévalos Herráez, socio Cooperativa Viticultores de la Vega.

Creciente profesionalización
Aquí arriba nos acompaña también el joven enólogo José Manuel Nuévalos Gómez. Quien desde el 2014 se puso al mando de la cooperativa que resultó de la fusión de las de San Miguel, de la pedanía vecina El Derramador, y Nuestra Señora de la Asunción, de la misma Roma. Una decisión tomada por las juntas rectoras ante la necesidad de unir las fuerzas, porque era crecer juntas o desaparecer por separado. Así de rotundo se muestra el presidente al rememorar aquel episodio. Una decisión acertada, a la vista de los resultados. En la actualidad son 167 socios, afincados la mayoría en las pedanías que escoltan el curso del río Magro, y de más lejos también; recogiendo 7 millones de kilos de uva; lo que ha exigido la adecuación de la antigua cooperativa a las nuevas circunstancias, no sólo en la ampliación de depósitos de almacenamiento y autovaciantes, sino en la construcción de un segundo descargadero, teniendo una capacidad de recepción de 140.000 kg de uva a la hora.

Antonio Cervera Armero y José Manuel Nuévalos Herráez junto con el enólogo, José Manuel Nuévalos. Gómez

Unas actuaciones que han venido acompañadas de otras de gran valor estratégico. Una de ellas, a petición del propio colectivo de socios-agricultores, la necesidad de convertir todo el viñedo de la cooperativa en ecológico. La campaña de 2019, afirma el joven enólogo, toda la uva que entre lo será. Ahora el porcentaje ronda más de la mitad. Además, la entrada de uva está regulada ya por grado, lo que es una prueba más de la imparable profesionalización y apuesta por la calidad de la misma.

La misma contratación de los servicios del enólogo fue un paso capital en este sentido. José Manuel se formó en la Escuela de Viticultura y Enología Félix Jiménez de Requena y se licenció en Ingeniería Agrícola por el Politécnico (Valencia), pasando un año en Burdeos y otro tanto en Alicante, hasta que su camino le trajo de nuevo a Roma hace cinco años. No en vano, es “romano” de nacimiento. Y eso te marca de por vida, porque las raíces de esta aldea son muy profundas. Aunque ahora su savia no sea lo suficientemente poderosa para abrir de nuevo la escuela, un bar, un horno o una carnicería-frutería. Como cuando el padrón ascendía a 250 almas. Quién sabe, tal vez el futuro haga coincidir más caminos en torno a la patrona de la aldea: Nuestra Señora de la Asunción.

Sólidas raíces
De estas cosas se habla desde este altozano de la partida del Cura. Desde donde se domina un horizonte que tanto Antonio Cervera Armero como José Manuel Nuévalos Herráez se conocen como la palma de su mano. De izquierda a derecha, la pedanía de San Antonio; en las primeras estribaciones del Pico Juan Navarro, la antigua Alcoholera Antich, la embotelladora de Agua Mineral San Benedetto y un poco más cerca, la flamante estación del AVE; más acá, la vega del río Magro, que ahora apenas se delata por los raquíticos espinazos de los chopos, donde siendo unos niños sus madres acudían a lavar la ropa; y tras ese paréntesis de recuerdos infantiles, la Villa de Requena, Bodegas Vegalfaro, El Derramador, las cúpulas orientales de Torre Oria, y entrando ya en Roma, Santa Apolonia. Una antigua casa solariega que fue el retiro del General Pereira tras prestar sus servicios al Generalísimo.

Una finca que llegó a abarcar 60.000 cepas. Y que hoy es un mero vestigio de otros tiempos. Los suyos. Al fin y al cabo, los nuestros también. Y que bien podría ser reutilizada como un centro de peregrinos. De amantes de la tierra labrada. De las raíces sólidamente arraigadas en un paisaje del vino que viene de lejos. Desde los íberos para más señas. Porque las vistas desde la misma casa tienen todo el aroma, el cuerpo y la nariz de la Denominación de Origen Protegida Utiel-Requena. Y eso bien merecería una cata por todas las aldeas que forman un municipio que tiene la oportunidad de situar en el mundo sus vinos, su historia y sus gentes. Brindemos entonces por ello donde todos los caminos confluyen: Roma.

 

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